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	<title>Ficción &#8211; Belen Galera</title>
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	<description>Belen Galera</description>
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	<title>Ficción &#8211; Belen Galera</title>
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		<title>Cartas inolvidables</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Belén Galera]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Nov 2025 00:36:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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					<description><![CDATA[«He probado la salsa bearnesa de Casino y creo que es muy buena». Después de varios años sin escribirle a mi amiga francesa, Manue, tal vez no sea la mejor frase para comenzar mi carta. Sin embargo, es cierto que pienso en ella cada vez que compro algún producto de la marca Casino porque sé [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">«He probado la salsa bearnesa de Casino y creo que es muy buena».</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Después de varios años sin escribirle a mi amiga francesa, Manue, tal vez no sea la mejor frase para comenzar mi carta. Sin embargo, es cierto que pienso en ella cada vez que compro algún producto de la marca Casino porque sé que están importados de Francia.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">También podría decirle que me enteré del chico marroquí que disparó a los viajeros en un tren y de la historia inverosímil que contó, diciendo que había encontrado las armas en un parque y que solo quería robar a los pasajeros… ¡con un kalashnikov! Pero es un suceso muy trágico y antiguo. Podría, en ese caso, hablarle de la escena mundialmente conocida de la primera dama de Francia abofeteando a su marido, el presidente Macron, en el avión presidencial. O de la tremenda, tremendísima inspiración que Giselle Pelicot ha dejado en la historia de la humanidad al lograr que la vergüenza cambie de lado. Eso sí que es actual. Así sabría que me interesa lo que ella está viviendo ahora mismo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Aparte de mis compañeros de escuela, Manue es mi amiga más antigua y es muy especial para mí, aunque solo nos hayamos visto en persona un par de veces en la vida, ambas en su casa, en un pequeño y hermoso pueblo francés cerca de la frontera con Suiza. Nos conocemos desde los 16 años y de eso hace ya varias décadas. Nos llevamos bien desde el primer momento, aunque nuestra vida era bastante diferente. Su familia ha vivido toda la vida en un pueblo pequeño; la mía es una familia de ciudad. Ella creció entre montañas y árboles; yo entre calles y edificios. Ella tiene dos hermanos; nosotros somos una docena. Ella quedó embarazada a los dieciséis, luego se separó, volvió a casarse, y ha tenido dos hijos más. Yo me casé pasados los 40 y no tengo hijos. Pero a ambas nos encantan los animales, disfrutamos la naturaleza y nos gusta escribir cartas, que fue la única forma de comunicarnos la mayor parte del tiempo de nuestra amistad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Cuando digo <i>escribir cartas,</i> no me refiero a enviar correos electrónicos o mensajes de texto. No existía Internet cuando yo tenía dieciséis años, tampoco las videollamadas y mucho menos la inteligencia artificial. El correo postal era la única forma razonablemente barata de estar en contacto a distancia. Escribir cartas era un proceso muy artesanal e íntimo, lo que las convertía en objetos solemnes, tangibles y cargados de realidad. Se usaba papel de verdad y se escribía cada letra de cada palabra con tu propia mano. Cometer errores era una tragedia porque no podías simplemente borrarlos y escribir de nuevo como pasa ahora. Querías escribir una carta limpia, con significado y buena apariencia, sin correcciones ni tachaduras horribles. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Para asegurarme de que estaba bien, solía leer mi carta mil veces antes de cerrarla, meterla en un sobre, pegar un sello postal y llevarla al buzón de correos. Todo un protocolo que necesitaba paciencia y planeación. Terminar una carta importante podía tomarme varios días y, después de enviarla, pasaba muchos más relamiéndome y pensando en el efecto que iba a causar su lectura en el destinatario. A fin de cuentas, me había dedicado durante horas a escribir ese único y exclusivo ejemplar en papel que viajaría cientos de kilómetros hasta llegar a su destino final, probablemente llevando algún fragmento microscópico de mí misma entre sus líneas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">No rechazo las tecnologías modernas. Mi vida sería imposible sin computadoras, internet, Whatsapp o el correo electrónico. Pero, en aquellos días, las cartas eran documentos verdaderamente significativos, en los que se plasmaban los momentos especiales de la vida de las personas. Una simple hoja de papel que iba a pasar por las manos tanto del emisor como del destinatario; cada uno dejaría impregnado un pedazo de su ADN que luego se fundiría con el del otro en la distancia, en un proceso de codificación y decodificación de emociones escritas. Si había suerte, fruto de esa unión nacería una y otra carta hasta formar un puente que podía durar años y afianzar amistades casi eternas, como la de Manue y yo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Sería maravilloso poder recuperar todas las cartas físicas que he escrito a lo largo de los años (calculo que fueron más de 400). A veces me imagino que, si pudiera volver a leerlas, redescubriría quién era yo cuando las escribí: me hablarían de quién fui y de quién iba a ser. Me mostrarían las inquietudes de mi alma, mis sueños y los traumas por los que atravesaba; podría saber cuáles he superado con los años y cuáles no, qué sueños he cumplido y qué sueños he abandonado. Porque las cartas físicas eran testigos, no solo de nuestras relaciones, sino de nuestra propia vida y de todo lo que nuestro ser necesitaba contar.  </span></p>
<p style="text-align: justify;">
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		<title>Recuerdo que he vivido</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Belén Galera]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Nov 2025 01:26:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[confieso que he vivido]]></category>
		<category><![CDATA[facebook]]></category>
		<category><![CDATA[infancia]]></category>
		<category><![CDATA[recuerdos]]></category>
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					<description><![CDATA[El 20 de julio de 1969, tres hombres, Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, aterrizaron en la superficie de la luna, escribiendo una de las páginas más significativas de la historia de la humanidad. Yo ni siquiera tenía 4 años, pero ya era muy consciente de la trascendencia mundial de ese importante acontecimiento. Estábamos [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">El 20 de julio de 1969, tres hombres, Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, aterrizaron en la superficie de la luna, escribiendo una de las páginas más significativas de la historia de la humanidad. Yo ni siquiera tenía 4 años, pero ya era muy consciente de la trascendencia mundial de ese importante acontecimiento.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Estábamos de vacaciones. Yo estaba sentada en el suelo del salón de nuestro piso de verano. Ese solía ser mi lugar para ver televisión, porque no había suficientes asientos para una familia tan numerosa como la nuestra: seis hermanas y cinco hermanos, dos padres, dos gatos, un perro y, seguramente —no lo recuerdo—, uno o dos hámsteres. Por supuesto, no todos pasábamos juntos las vacaciones —mis hermanos mayores ya tenían sus propios planes—, pero, aunque solo coincidiéramos una parte de la familia, el suelo solía ser el lugar reservado para los tres integrantes más pequeños, lo que me incluía a mí. No me importaba. Me resultaba fácil encontrar el mejor lugar para sentarme, cerca de la televisión y al lado de una pared sobre la que apoyar la espalda. Era bastante mejor que intentar aplastarme con otras cuatro personas en un sofá diseñado para tres plazas. </span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Toda la familia se había reunido en el salón unos minutos antes del gran momento, que había sido anunciado a bombo y platillos desde muchos días antes. Recuerdo que yo tenía el flequillo un poco largo y me molestaba para ver, porque me caía lacio sobre los ojos. A cada rato me lo tenía que acomodar para despejar la vista. Estaba tan emocionada de ser testigo de cómo el hombre llegaba a la luna, que no quería perderme ni un detalle por culpa de mi flequillo rebelde, así que hacía todo lo posible por mantener la cabeza muy erguida e incluso un poco inclinada hacia atrás, aunque esta posición resultaba incómoda al cabo de un rato. Mientras esperaba el gran momento, pensaba algo como «Este es un momento histórico y no puedo perdérmelo, voy a ser testigo de algo único». ¿Sería ya una<em> nerd</em> desde tan corta edad…? Tenía apenas tres años; mi próximo cumpleaños sería en octubre, es decir, tres meses después.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Curiosamente, no recuerdo nada más de ese día. De hecho, nunca más me había vuelto a acordar de esta escena hasta veinte años después, mientras hablaba con compañeros de la universidad. Dentro de la conversación, les conté que podía recordar el momento exacto en que el hombre pisó la luna y me miraron con incredulidad. Yo era una de las más jóvenes del grupo y no me creyeron para nada —«Es imposible que te acuerdes», dijeron—. De repente, fui consciente de que, el 20 de julio de 1969, realmente era una niña tan pequeña que ni siquiera había cumplido 4 años. Sin embargo, aunque comprendo la desconfianza de mis amigos, eso no me convierte en mentirosa. De hecho, la ciencia ha demostrado que nuestros primeros recuerdos conscientes aparecen entre los dos años y medio o tres, así que mi caso no hacía más que reforzar este descubrimiento.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Aunque mis compañeros pusieran en duda mis palabras, lo cierto es que el día en que el Apolo 11 aterrizó en la luna ni siquiera es el primer recuerdo consciente de mi vida. 24 horas antes de ese hecho, para mi familia ocurrió otro gran acontecimiento: nació mi último hermano, completando así nuestra familia de doce (supongo que eso significa que no toda la familia estaba reunida frente al televisor el 20 de julio de 1969&#8230;).</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Durante los últimos meses del embarazo de mi madre, yo le hacía muchas preguntas sobre mi futuro hermano o hermana. En esa época no se podía saber el sexo antes del parto, y a mí me gustaba imaginar las cosas que haría con él o ella. Incluso pensaba hacerle bromas pesadas al nuevo miembro de la familia. Le dije a mi madre que apagaría la luz y lo dejaría solo, para reírme cuando tuviera miedo. Ella solo respondía: «¡Qué traviesa!»; pero no se enfadaba porque, en el fondo, sabía que no lo decía en serio. Aunque, de alguna manera, yo ya era consciente de que tendría que competir por el amor futuro de mi madre.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Otro de los primeros recuerdos de mi infancia es bastante más curioso: <strong>mi primer amor&#8230;</strong> o casi. No tendría más de cinco años y él, probablemente, quince o dieciséis porque era amigo de mis hermanos mayores. Yo estaba jugando sola en la misma habitación que ellos estaban; de repente lo miré y sentí que estaba enamorada… Al menos, era la primera vez en mi vida que miraba a un chico y pensaba que era guapo. A tan tierna edad, supongo que eso fue suficiente para confundir esa emoción desconocida con una especie de amor eterno. Lo más simpático es que estaba tan segura de que él era «mi amor» que sentí la urgencia de decirle algo para advertirle de que debía esperarme, ya que era evidente que yo era demasiado joven en ese momento para una relación romántica. Así que decidí acercarme y susurrarle al oído: «Necesito decirte algo importante, pero no puedo contártelo hasta que sea mayor». Supongo que me encontró muy tierna porque sonrió y no dijo nada, pero toda la tarde fue bastante especial conmigo, me guiñaba el ojo y me sonreía de rato en rato. </span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Al final, nunca le dije nada, ni entonces ni cuando crecí, porque me olvidé de él tan pronto como salió de mi casa aquella misma tarde. Las promesas de amor eterno no son muy duraderas cuando tienes solo cinco años.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;"> </span></p>
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		<title>Pasado, presente y Facebook</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Belén Galera]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 28 Oct 2025 20:51:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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					<description><![CDATA[«Buenos días. Creo que estudiaste en el mismo cole que yo. Si es así, me gustaría mantener el contacto contigo; si no, disculpa por molestarte y que tengas un buen día». Este simple mensaje firmado por Ángeles Hernández en mi cuenta de Facebook podría parecer irrelevante, pero iba a darme la clave para recuperar mi [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">«Buenos días. Creo que estudiaste en el mismo cole que yo. Si es así, me gustaría mantener el contacto contigo; si no, disculpa por molestarte y que tengas un buen día».</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Este simple mensaje firmado por Ángeles Hernández en mi cuenta de Facebook podría parecer irrelevante, pero iba a darme la clave para recuperar mi infancia desde una perspectiva muy diferente.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Por supuesto, sabía quién era Ángeles Hernández. Vivíamos en el mismo barrio de Madrid, cerca de la castiza estación de Atocha. Fuimos compañeras de clase hasta los trece años, y fuimos mejores amigas, tal vez desde los diez hasta los trece, cuando peleamos —no recuerdo por qué— y nos distanciamos. Me mudé de ese vecindario pocos años después, comencé mi vida adulta y nunca volvimos a encontrarnos. Con el tiempo, mi infancia se volvió cada vez más lejana, especialmente después de mudarme a Colombia.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Pensándolo bien, de alguna manera, había perdido mi infancia hasta que recibí el mensaje de Ángeles; al menos los recuerdos de ella, pero no solo por el paso de los años, es decir, por lo lejana que había quedado desde la edad que tengo ahora. Puedo entender que cuanto más vives, más cosas olvida tu cerebro: hechos, experiencias, nombres, lugares… simplemente porque necesita recordar otras cosas más útiles para tu vida diaria actual. Mi infancia en España no tenía nada en común con la infancia de mis nuevos amigos en Colombia. No compartía recuerdos con ellos ni series de televisión ni personajes famosos, lugares de vacaciones, chuches… nada, y terminé por no hablar de ellos en absoluto.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">El día que recibí ese mensaje, empecé a ver Facebook con ojos diferentes. Nunca he sido una usuaria frecuente de la plataforma. En realidad, no soy muy aficionada a la tecnología. Si necesito un domicilio, prefiero pedirlo por teléfono en vez de usar una app; cuando quiero saludar a mis amigos, prefiero llamarlos o quedar en persona en lugar de escribirles; sigo eligiendo libros que se pueden tocar y subrayar en lugar de leer en línea, y todas mis notas de trabajo están escritas a mano en cuadernos de papel en lugar de usar una tableta. Sin embargo, suelo visitar mi cuenta de Facebook para ver qué está pasando y ponerme al día con mis contactos.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Recuerdo cuando Facebook estaba en sus primeros momentos. Todas mis compañeras de trabajo pasaban mucho tiempo buscando a sus antiguos amigos y compañeros de colegio. Confieso que también traté de encontrar a personas conocidas para sentirme tan emocionada como ellas con esta nueva tecnología, sin embargo, tal vez por mi falta de conocimientos digitales, no pude encontrar a nadie. Nunca me ha gustado escribir toda mi vida en Facebook como hacen otras personas. Parece como si las emociones no fueran reales si no se escriben y comparten en el muro. Declaraciones de amor larguísimas que a nadie le importan, con una gran cantidad de respuestas políticamente correctas: «Son la mejor pareja», «Dios los bendiga», «Disfrútenlo, se lo merecen y más». Cientos de fotos de bebés —que, unos años atrás, solo formaban parte de un momento privado—, expuestas al mundo y sumando cientos de felicitaciones, sin importar si el bebé es tan lindo como dicen los comentarios o no… Me parece una especie de exhibicionismo tecnológico de mal gusto (y hasta peligroso).</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Mis opiniones sobre Facebook cambiaron en el mismo momento en que encontré el mensaje de Ángeles. Finalmente, pude encontrar a antiguos amigos y amigas de España y reunirme con ellos en persona durante mi siguiente viaje a mi tierra.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Ángeles, la verdadera heroína de esta historia, creó poco después un grupo privado de WhatsApp. Ella seguía en contacto con varias de nuestras antiguas compañeras y, gracias a la tecnología, pudo reunir a 15 de aquellas niñas cuando ya todas andábamos por los cincuenta años. ¡Fue tan reconfortante no tener que mentir sobre nuestra edad! Sí, ya no teníamos ocho años, ¿y qué? Fue tan irreal como un sueño… Mujeres maduras hablando de estudios, profesores y anécdotas infantiles… No podía creer cuántas historias había olvidado.</span></p>
<p style="text-align: left;"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="size-medium wp-image-4687 aligncenter" src="https://belengalera.com/wp-content/uploads/2025/10/Foto-antigua-300x200.jpg" alt="Foto antigua" width="300" height="200" title="Pasado, presente y Facebook 2" srcset="https://belengalera.com/wp-content/uploads/2025/10/Foto-antigua-300x200.jpg 300w, https://belengalera.com/wp-content/uploads/2025/10/Foto-antigua-1024x683.jpg 1024w, https://belengalera.com/wp-content/uploads/2025/10/Foto-antigua-768x512.jpg 768w, https://belengalera.com/wp-content/uploads/2025/10/Foto-antigua.jpg 1080w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">En nuestra primera quedada en persona, reconozco que al principio solo pensaba en lo mayores que se veían ELLAS (claro, yo no&#8230;), pero poco a poco sus rostros se volvieron más y más familiares y agradables. No importaba quiénes habíamos sido en el cole, en ese preciso momento éramos iguales, mujeres maduras con alegrías y tristezas, casadas, solteras, viudas, divorciadas, con hijos propios, adoptados, especiales, sin hijos… Algunas de nosotras ya habíamos dicho adiós a alguno de nuestros padres, otras estaban a punto de hacerlo en los próximos meses… Mujeres con un pasado común; vidas diferentes con experiencias comunes; amigas antiguas y casi olvidadas con un pasado cercano que se reunieron gracias a ese invento estúpido y maravilloso llamado Facebook.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;">Nunca seré muy tecnológica, pero puedo dar fe de algo muy real: casi había olvidado una gran parte de mi vida para siempre, hasta que Facebook me devolvió hermosos recuerdos de mi infancia.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-family: 'Arial',sans-serif;"> </span></p>
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		<title>Acrobacias</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Belén Galera]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 18 Oct 2025 16:26:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[acrobacias]]></category>
		<category><![CDATA[aprendiz]]></category>
		<category><![CDATA[vértigo]]></category>
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					<description><![CDATA[—Cuando estés preparado, saltas. —Preferiría no hacerlo. —Miraba fijamente hacia abajo, como evaluando sus oportunidades una vez diera el paso definitivo. —No se trata de lo que prefieres, sino de lo que tienes que hacer. La tranquilidad de esa voz no hacía más que incrementar la ansiedad del aprendiz de acróbata. «¡Maldito! ¿Cómo puede tener [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>—Cuando estés preparado, saltas.</p>



<p>—Preferiría no hacerlo. —Miraba fijamente hacia abajo, como evaluando sus oportunidades una vez diera el paso definitivo.</p>



<p>—No se trata de lo que prefieres, sino de lo que tienes que hacer.</p>



<p>La tranquilidad de esa voz no hacía más que incrementar la ansiedad del aprendiz de acróbata. «¡Maldito! ¿Cómo puede tener esa sangre fría?». Por unos instantes, la distancia hasta el suelo pareció disminuir, pero solo era un efecto óptico por el vacío que sentía en el estómago. Empezó a sudar.  Sentía que iba a desmayarse. Apretó los labios.</p>



<p>—¿De verdad tengo que hacerlo? Nosotros&#8230; somos colegas, hemos hecho muchos trabajos juntos, siempre te he apoyado. —El lazo estaba atado a él con fuerza. Estaba seguro de que no se rompería cuando saltara—. ¿No podemos hablar primero? ¿Esperar&#8230; unos minutos? —balbuceaba, casi sin voz.</p>



<p>—Unos minutos más o menos no van a cambiar nada. Igual tienes que saltar.</p>



<p>—No imaginaba que este momento era así —susurró para sí mismo.</p>



<p>Casi sonrió, melancólico, recordando a las decenas de personas que él mismo había obligado a dar ese salto. Era fácil, no hablaba con ellas, no se lo pensaba mucho, una patada, un empujón y todo acababa rápido. La persona gritaba en el último momento, era un grito de terror, pero él no sentía nada. Solo cumplía órdenes.</p>



<p>—Tendrías que haberlo pensado antes. Las equivocaciones en este mundo se pagan así. Ahora lo único que puedes hacer es… aceptarlo. Puede ser un salto simple o una gran acrobacia&#8230; Mira: en realidad, no me importa —dijo con impaciencia—. Solo necesito que te decidas pronto. No es tan difícil.</p>



<p>Rompió a llorar. Se suponía que era un hombre rudo acostumbrado a tomar decisiones difíciles al borde de un abismo; a tener la misma sangre fría que mostraba ahora su compañero de tantos trabajos sucios; pero la realidad de ese momento fue demasiado para él. El lazo estaba apretado y le resultaba difícil respirar.</p>



<p>—No, no, no, no puedo, no puedo… no puedo hacerlo solo. —Desvió una mirada suplicante hacia su compañero, que ya lo apuntaba con su Glock 17.</p>



<p>Cuando sonó el disparo, el impulso de la bala acabó arrojando su cuerpo, ya sin vida, al vacío. Tenía razón, no era tan difícil.</p>



<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
					
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